La metáfora del independentismo

Artículo publicado en ABC.

Llegó la sentencia y con ella las movilizaciones preparadas, anunciadas y ejecutadas con la connivencia y el inestimable apoyo del propio Govern de la Generalitat. Estos días, quizás semanas, viviremos intensamente aquello que el independentismo representa, ya que, estas movilizaciones son la metáfora perfecta de lo que es el independentismo desde 2012: una parte de los catalanes pretenden imponer su voluntad al conjunto.

Es un reflejo del carácter antidemocrático en que se basa el movimiento: unos pocos pretender decidir el destino de todos, ya sea su nacionalidad, su lengua, o cuando deben ir o no, a trabajar o a estudiar libremente. Es por ello, que repiten incesantemente que ante todo son demócratas –dime de qué presumes y te diré de qué careces- por qué necesitan limpiar sus conciencias de remordimientos.

Oíamos hace pocos días al mismísimo President de la Generalitat apelar, en sede parlamentaria, a un presunto nuevo derecho, el derecho a la desobediencia. Sí, en sede parlamentaria, donde los representantes de los ciudadanos hacemos leyes de obligado cumplimiento para todos los catalanes, el mismo President apela al derecho a la desobediencia. Y evidentemente, son ellos, los independentistas, quienes se arrogan la capacidad suprema de decidir cómo, cuándo y a quien desobedecer.

Y por si ello fuera poco, evidentemente, también ellos son los que deciden lo que es y lo que no es justo, todo muy de acuerdo con los estándares más avanzados de democracia… eso sí, bolivariana.

Saben perfectamente que democracia y ley son una sola cosa, y en democracia no existe el derecho a la desobediencia, por qué es contradictorio con el propio significado de democracia. Tiene mucha razón el Tribunal Supremo cuando afirma que los hechos juzgados se basan en un engaño, todo el procés se basa en mentiras, pero sobretodo en una: el derecho a la autodeterminación de los pueblos, el mismo derecho del que hace muy pocos años, Torra (antes de ser President), afirmaba que no estaba reconocido en ningún lugar.

Cuánta razón tenía aquel Mosso cuando exclamaba: qué república? la república no existe, idiota!

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